Vanessa B. Bastidas
Una de las cosas con las que más he luchado en la vida ha sido la disciplina. He leído muchos libros, asistido a conferencias, observado el ejemplo de personas cercanas y también de figuras reconocidas por su éxito. Y en todos los casos, hay un elemento común: la disciplina es la clave.
Cada uno de ellos aplica diferentes técnicas para mantenerse firmes en esa línea de comportamiento, porque eso es, al final, lo que representa: una forma de conducirse de manera constante y coherente con sus objetivos. Basta con observar a un deportista: su vida entera gira en torno a su práctica. Lo que hacen y lo que no hacen está determinado por esa meta. Admiro profundamente la disciplina de un atleta, porque es intensa y firme, pero al mismo tiempo serena. No suele verse a un deportista estresado por su rutina; se estresa, sí, cuando por algún motivo no puede cumplirla. Porque su compromiso no depende de si tiene o no ganas: lo hace porque debe hacerlo.
En mi caso, la disciplina no estuvo presente desde el principio. No crecí en un entorno donde se fomentara como un valor central. No practiqué deportes, ni música, ni participé en actividades extracurriculares. Así que durante mucho tiempo ni siquiera entendía qué significaba ser disciplinada.
Y eso, naturalmente, trajo consecuencias. A los 11 años, en mi primer año de secundaria, reprobé 5 de 11 materias. En Venezuela, el sistema de evaluación es del 1 al 20, y mis notas estaban entre 01 y 06 puntos en las materias aplazadas. Las que aprobé, lo hice con puntuaciones muy bajas, entre 10 y 13. Fue un golpe duro. Pero en ese momento no entendía por qué había llegado a ese punto. Simplemente dejaba de hacer lo que debía para “descansar” (aunque hoy no sabría decir de qué exactamente).
La recuperación fue intensa. Durante un mes, me dediqué por completo a estudiar todo lo que no había estudiado en todo el año. Mi madre me despertaba a las 5 de la mañana mientras ella cocinaba el almuerzo antes de irse al trabajo. Yo estudiaba durante ese rato, luego me duchaba y la acompañaba a su trabajo. Allí seguía estudiando desde las 8 a.m. hasta el mediodía, almorzaba, y continuaba desde la 1 hasta las 5 de la tarde. Regresábamos a casa a las 7 de la noche, descansaba una hora, cenaba, y me acostaba a las 9. Al día siguiente, la misma rutina.
Esto duró más de 30 días seguidos. Sin saberlo, estaba estableciendo un patrón de disciplina en mi vida por primera vez. Lo más irónico es que fue en medio de un aparente fracaso cuando comencé a formar la base para uno de mis primeros grandes logros: aprobar las cinco materias que había perdido.
Rutinas, rutinas y más rutinas. Hábitos, hábitos y más hábitos. Créeme, no hay otra manera. Aún hoy sigo estableciendo nuevas rutinas en mi vida, reemplazando hábitos negativos por positivos. No es sencillo, pero desarrollar un carácter disciplinado se logra haciendo lo que tienes que hacer incluso cuando no quieres hacerlo. Se trata de mantener el orden, la limpieza y la constancia.
La disciplina no la aprendí solamente leyendo libros, estudiando o asistiendo a eventos. La aprendí a través de la acción. Fue en el hacer donde realmente comencé a comprender lo que implicaba ser disciplinada.
Todavía hoy no me considero tan disciplinada como otras personas. Sin embargo, tengo rutinas diarias: algunas son innegociables, y otras, más flexibles. Durante mucho tiempo, el solo hecho de intentar ser disciplinada me generaba estrés y malestar, porque quería hacerlo como lo hacían los demás. Me exigía ajustarme a modelos que no se adaptaban a mí.
Pero todo cambió cuando entendí que no tengo que ser como los demás, que puedo avanzar a mi propio ritmo, con mi estilo y mis propias técnicas. Cuando acepté esto, comencé a construir una disciplina genuina, una que nace desde lo que soy y no desde lo que creo que debería ser.
Por eso, si quieres desarrollar disciplina, comienza por ser tú mismo. Establece rutinas que se alineen con tu forma de ser, adopta hábitos que realmente funcionen para ti. Explora técnicas de organización que se adapten a tu personalidad. No te castigues si un día no logras todo lo que te propusiste. Registra tus avances, celébralos.
Al final del día —y de la semana— reconoce lo que sí lograste. Si te equivocaste, perdónate. Si te atrasaste, retoma. Pero nunca dejes de trabajar en construir esa versión más ordenada, más consciente, y más compasiva de ti mismo.
Si quieres alcanzar metas u objetivos en la vida, la disciplina se vuelve una constante. Pero si no tienes claridad sobre hacia dónde vas o qué deseas realmente, entonces probablemente no lo será. Todo depende de lo que quieras lograr, de lo que anhelas tener y del rumbo que decidas tomar para tu vida.
La disciplina comienza a convertirse en parte de ti cuando empiezas a incorporarla de forma cotidiana. No se trata de algo que simplemente se adquiere de un día para otro, sino de un proceso.
Durante mucho tiempo, yo pensaba que la disciplina era un objetivo en sí mismo. Me esforzaba cada día por “ser disciplinada”, aplicaba cientos de técnicas, leía libros, me obsesionaba con lograrlo. Día tras día, mi foco era ese. Pero fue entonces cuando me di cuenta: todo lo que había venido haciendo desde los once años —establecer rutinas, formar hábitos saludables, cumplir con mis deberes aunque no tuviera ganas— no solo me estaba ayudando a conseguir lo que deseaba… me estaba transformando.
Estaba, sin saberlo, construyendo un carácter disciplinado. Y más importante aún: ya estaba viviendo en disciplina. Comprender esto me dio paz, alegría y una profunda satisfacción.
Así que, cuando alguien me pregunta:
“Vanessa, ¿eres disciplinada?”
Mi respuesta es siempre la misma:
“No, no lo soy. Pero tengo una constante en mi vida, y esa constante es la disciplina.”
Porque para mí, la disciplina no es un rasgo fijo de personalidad. Es el camino que recorro hacia mis metas. Es el vehículo que me lleva a donde quiero estar. Es el proceso que me permite avanzar, incluso en los días difíciles.
La disciplina no es un objetivo final.
La disciplina es el proceso.
La disciplina es la constante.

A través de sus libros y reflexiones comparte mensajes de transformación, espiritualidad y resiliencia, inspirando a vivir con propósito y conectar con la esencia interior.

Ayudo a personas a superar fracasos y alcanzar el éxito a través de la disciplina, integrando mente, alma, y cuerpo para avanzar rápidamente hacia sus metas.